Hipérboles de
Nimiedades
La exageración
como fase superior del egocentrismo
Fernando Buen
Abad Domínguez
Rebelión/Universidad
de la Filosofía
Una forma de anestesiar razonamientos consiste en llevar al paroxismo lo
intrascendente. Se trata de una manía que la burguesía desarrolló para
desvirtuarlo todo. Una vez degradada la vida, a punta de exageraciones
innecesarias, queda fuera de la vista lo importante. Exagerando el valor en cambio
queda invisible el valor en uso. Y viceversa. Los hijos de la burguesía, los más
orgullosos de serlo, practican sistemáticamente el arte de inflar con la lengua su mediocridad de origen. Anhelan
convertir en trascendente toda su intrascendencia y quieren obligarnos a agradecérselas
como si fuese nuestra. Exaltaciones de nada.
Hay países en los que la exageración en un modus vivendi, una atmósfera indispensable para redimir mediocres a
granel. Un vicio legitimado por un conciliábulo de ególatras que se aportan aplausos
y sobrevida a fuerza de repartirse, entre todos, metrallas de exageraciones bien
cargadas con naderías. Y no exagero. Como el problema no es de países sino de
clase, la patología de agrandar lo nulo se extiende con velocidad gracias a que
cuenta con voluntarismos a mansalva que van llenando cada resquicio de la vida
hasta hacerla irrespirable para los que no participan del torneo planetario de las
grandilocuencias vacuas. Épica de lo intrascendente.
No pocas veces una exageración,
puesta donde debe estar, nos alerta sobre complicaciones o peligros y nos diagrama
dilemas y soluciones. Exagerar, con sentido de la economía narrativa, puede
tener efectos poderosos que ayudan a clarificar galimatías diversos. Pero exagerar
sin descanso sólo produce hartazgo e insensibilidad. Y hay casos horrorosos por
sí y por duraderos. Se canta, se
baila, se escribe, se filma… a punta de exageraciones y en la cúspide de la
pequeñez burguesa reina la industria de la publicidad como alma Mater. La náusea
misma.
La burguesía pasó, de ser en su nacimiento una gran revolución para la
humanidad a ser, también, en su decadencia el catálogo histórico más completo
de auto-loas forzadas embelezadas por lo minúsculo. Eso le pasa por creer que
se puede anestesiar al proletariado (es decir tomarle el pelo) con cuentos impregnados
en brillos y oropeles de palabrería repetitiva y hueca. Ellos creen que
exagerando sus méritos y sus valores narcotizarán ad eternum a los pueblos y que de ese narcótico saldrán las mieles
que den sobrevida al capitalismo. Por cierto, éste sí, la más exagerada de las
traiciones a la vida del planeta, a la humanidad y a la inteligencia. Tratan de
esconder lo importante con la nada.
Esa manía de esputar hipérboles de naderías es, además de odioso y
fastidioso, una manera, también, de expresar cuánto se subestima al interlocutor. Cuánto se anhela insultar
su inteligencia y cuánto, el que inflama expresiones nadilla, se asume dueño de
una superioridad pigmea que se
mira en el espejo mental de su propio cuento enano. Entonces la burguesía dice y hace que otros digan cosas como “somos
lo más lindo del mundo”, “somos los primeros” en esto y en lo otro, “tenemos
las mejores avenidas” y “las mejores mujeres”, cantamos “el himno más bello” y
vendemos las más caras ilusiones… tal cual. Es esa una de las cunas del
chauvinismo y del nacionalismo burgués.
A la burguesía le encanta comportarse como un “pavo real” ante la clase
dominada. Expande su plumaje y se prodiga en auto-halagos sin descanso. Se arma
hasta los dientes, secuestra el capital y luego derrocha, a discreción, lujos y
balazos hasta acomplejar a los pueblos, hasta dominarlos por el engaño y por el
miedo. Hecho eso, de inmediato, la burguesía alquila “pensadores” para que relaten,
sin prejuicio, ni ahorro de hipérboles, la epopeya demencial de una clase que quiere
escribir, con grandilocuencias, las bajezas de su ser y de su hacer. Lo hemos
padecido sin descanso.
Esa manía de inflarlo todo, con vociferaciones o gestos innecesarios,
inexplicables e inoportunos, se convirtió en un distintivo cargado con los supuestos
que validan la idea de que así se es más “interesante”, más “seductor”, más “dominador”,
más “seguro” y más “poderoso”. Así se entra a un juego de clase que la burguesía asume como embellecimiento de sí y sin
importar que sean, y se noten, retahílas de ilusionismos para editarse como sujeto
ungido de poder y ador de poder con el ejercicio mórbido de su lengua
descontrolada. Hasta el ridículo. Habría que oír a Obama.
Palmo a palmo, en sus bancos, sus iglesias, sus oficinas, sus partidos
políticos, sus televisoras y sus reuniones sociales… la burguesía arremete lenguaraz
e inclemente para impregnar con exageraciones toda la realidad objetiva y subjetiva
en la que nos movemos diariamente. El blanco de ese veneno somos todos los que,
para sobrevivir el infierno del capitalismo, sólo contamos con nuestra mano de
obra. Con la hiperbolización de sus
naderías el capitalismo, y todos sus jilgueros, dispara un arma de guerra ideológica
que tiende a presentarlo como más grande de lo que realmente es. En sí y en sus
ataques. Se fabrica un vidrio de aumento que pretende presentar a todos sus protagonistas
enanos como “grandes líderes de la humanidad”.
En el combate a la “ideología de la clase dominante” se hace necesario
siempre, además de urgente, un trabajo minucioso capaz de desactivar cada una
de sus ofensivas y cada uno de los misiles teóricos, políticos, de propaganda
total… con que nos machacan, cada minuto, para arrodillar nuestra conciencia.
Todas las exageraciones que la burguesía impone, son ejercicios cotidianos de
una guerra de propaganda que, unas veces más hábil y otras más torpe, deambula en
los campos de la lucha de clases, agudizada, en que se ha convertido el mundo
desde que el capitalismo secuestró nuestras vidas. Y no vamos a dejarnos enceguecer
por los destellos retóricos de lo que digan sobre sí mismos los criminales que
explotan, saquean, asesinan y humillan a los seres humanos en todo el mundo y
desde hace siglos. No importa de qué exageración o hipérboles echen mano. No importa
cuánto ingenio compren, o vendan, para sus fines auto-proclamatorios e
hiper-exagerados. La verdad es revolucionaria. Sin exagerar.

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