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Síndrome de Estocolmo Televisivo
Maltrato sensiblero para la diversión de “toda la familia”
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Todo el tiempo es maltrato, humillación y desprecio al televidente. Aunque
digan o contrario. Todo el tiempo subestimación y agresión contra la
inteligencia de las personas. A lo cuatro vientos, en las telenovelas, en los
noticieros y en la publicidad… maltrato tras maltrato, el pueblo -para ellos-
es sólo un pelele consumidor al que se puede inocular todo estímulo sensiblero
para excitarle las hormonas
consumidoras y, luego, usarlo como objeto de burlas. Victimar a la víctima, además,
con chistes.
Es un callejón sin salida
semántica, no hay a dónde escapar, están cerradas todas las puertas y el único
paisaje posible es resignarse a un mamarracho de la “Caverna de Platón” con
caldos ideológicos empobrecidos, minuto a minuto. La barbarie destazando la
inteligencia de los pueblos. Con toda impunidad y a la vista de todos. Y el
“rating” no baja. Dicen.
Hay estragos dolorosos y alarmantes en personas convertidas en adictas,
victimadas por el secuestro monopólico de los “medios” y en manos de jaurías
especializadas en máquinas de guerra ideológica. Hay muchas bajas en las filas del “público” que
evidencia sus heridas con gestos de afecto
consumista impelido a la compra compulsiva y al consumo acrítico de toda basura que se le imponga. La voluntad
queda aplastada. Aunque digan lo contrario.
Dicen, desde sus tronos de cinismo: “si no te gusta cambia de canal”,
sólo que todos los canales son ellos mismos y su ideología chatarra ha hecho
metástasis rentable en un circuito infernal de narcóticos sensibleros para la diversión de “toda la familia”. No
hay escapatorias para un sector muy importante de la clase trabajadora que,
además, padece el cerco
jurídico-político de gobiernos serviles a la procuración de leyes beneficiarias
de la espiral monopólica. Es una guerra de propaganda abierta en todos los
frentes objetivos y subjetivos. A la vista de todos aunque invisibilzada.
Las víctimas adictas a
semejante ofensiva ideológica burguesa suelen responder en las “encuestas” y
dicen que les gusta tal o cual
programación, que les gusta tal o
cual publicidad, que sí les gustan
los cantantes, las actrices, los bailarines y los locutores. También dicen
creer y respetar lo que dicen en los noticieros y admiten tomar como referencia
de opinión los comentarios de los “expertos” asalariados por los monopolios
televisivos. Sean del grado que sean.
Las víctimas, ese sector adicto –paradójicamente- a la ideología de la
clase que lo somete y explota, acepta, según dicen las encuestas que compran
los monopolios televisivos, que nada hay más divertido ni más creíble, cada
día, que eso “preparado” por la mano de los comerciantes televisivos que son chistosos, bonitos, ocurrentes y audaces minuto a minuto. Dicen las
víctimas, incluso con cierto orgullo, que son adictos permanentes de ciertos
canales y personajes que por el simple hecho de aparecer en la tele ya portan aureolas de privilegios múltiples.
Incluso en sus cuentas bancarias.
Las víctimas de las máquinas de guerra ideológica aprenden también a
reproducir las ideas de la clase dominante, como si fuesen propias y con afecto
profundo. Aprenden a defenderlas como bandera identitaria y suelen estar
dispuestas a dar batallas diversas en defensa de sus torturadores mediáticos.
Las víctimas, incluso, suelen negar que lo sean e incluso suelen acusar a
quienes crítican, con epítetos también fabricados por los monopolios
mediáticos: “resentidos”, “zurdos”, “troskos”, “envidiosos”…
Las víctimas de las máquinas de guerra ideológica no saben, ni quieren
saber, que una parte enorme de sus males proviene de los fetiches que adoran
diariamente ante el televisor y ante sus hábitos de compra. No saben ni quieren
saber que una red endemoniada de intereses mercantiles, tejida por industrias y
marcas de todo tipo, se adueñaron de las herramientas de “comunicación” para
descargar con ellas todo el arsenal de guerra psicológica necesaria capaz de
activar el consumismo que deje vacías la bodegas y llenas las casas, y las
cabezas, de los televidentes.
Las víctimas de semejante violencia semiótica padecen, mañana tarde y
noche, “Bullying” psicológico e ideológico de todo género y padecen estragos emocionales
y físicos que construyen ya formas patológicas nuevas cuya existencia y tratamiento
nadie quiere reconocer porque, entre otras cosas, implicaría el reconocimiento
científico del modelo de tortura creado para someter los pueblos en todas las
modalidades posibles. Hay ejemplos a raudales y las consecuencias de ese
sistema de tortura y amedrentamiento mediático ya llenan tomos y más tomos en
la memoria de las patologías fabricadas para rendirle culto al capitalismo. Los
gobiernos burgueses son cómplices y beneficiarios.
Como el capitalismo no es sólo un sistema para la fabricación, y venta,
de mercancías y porque es también, en simultáneo, un sistema de producción de
sentido (valores, ideas, creencias, gustos…) es necesario saber que toda tarea
y lucha para superarlo definitivamente debe destruir las bases económicas tanto
como las superestructuras con toda su parafernalia de “falsa conciencia”
monopolizada para expandirla como endemia perversa e impune. Hay que combatir,
en simultáneo, la estructura y la superestructura de un sistema social y un
modo de producción que en su etapa actual arrastra a la humanidad, y al planeta
entero, hacia una etapa de saqueo y explotación cada día, si nada hacemos, más
aberrante e irreversible.
Como no tenemos un padrón completo de las víctimas producidas por las
máquinas de guerra ideológica burguesa, como no sabemos, en extensión y en
profundidad, los alcances de los daños, como sólo podemos identificarlas por su
grado de aceptación, aprecio y defensa de lo que los aliena. Hay que estar
alertas, empezando, también, por nosotros mismos. ¿Hay alguien que esté a
salvo?

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