Lo que se quiere y lo que se necesita
No lleves a tus niños a Disneylandia, por ejemplo.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
No pocas veces lo que se quiere eclipsa
a lo que se necesita. No pocas veces se confunden y son pocas, comparativamente,
las veces en que coinciden. Cada necesidad contiene el poder de lo imperativo,
no puede no ser, en cambio, los gustos se mueven en márgenes más anchos y, en muchos casos, son
prescindibles. No obstante, en la realidad impuesta por el capitalismo, sobre
todo bajo el reino la burguesía caprichosa y adicta al despilfarro, se nos impone
el reino de los gustos sobre el de las necesidades para hacernos creer que el
infierno de las privaciones puede ser muy placentero.
Los niños no necesitan ir a Disneylandia. Es otra de las consecuencias
de la crisis de sobre-producción del capitalismo, es otra de las consecuencias
de la necesidad burguesa por encajarnos sus mercancías, a como de lugar y a
cualquier costo crediticio. Es otra de las consecuencias de la lógica de la acumulación
que nos presiona sin clemencia para que saturemos nuestras vidas con objetos y
pensamientos que no necesitamos pero que nos gustan mucho. Y la balanza esta totalmente desvencijada. El pato
Donald no es indispensable.
Quienes espían nuestras vidas desde los aposentos de las cuentas
bancarias y los movimientos de las tarjetas de crédito, saben muy bien cuánta mercancía
se adquiere bajo el influjo del gusto
que eclipsa las necesidades. Ellos saben bien que deben activar los oropeles de
la publicidad para que, en el hervidero de sus ambigüedades, caigamos presas con
el condimento de la moda, de lo que
queda lindo, de lo que da prestigio o de lo que ensalza egos
aunque, en términos concretos, sea mayormente inútil en nuestras vidas. La compañía
“Disney” está valorada en, al menos, 65.900 millones de dólares.
No hay mercancía que no deba pasar por el debate de la necesidad y del
gusto. A todo lo que le metemos mano para saciar sed y apetito –en todos sus
sentidos- se debe interponer la crítica rigurosa de la utilidad, de la duración
y de sus vínculos con el ego. Aunque eso le moleste mucho a la burguesía. A
todo lo que nos venden, a diestra y siniestra, debemos interponerle la exigencia
de calidad, en la forma y en el contenido, para dilucidar, a toda velocidad y a
contrapelo de los antojos, qué clase de homenaje
le rendirá nuestro salario a objetos o pensamientos que en poco tiempo (a veces
minutos) pueden caducar bajo el torbellino incesante de ofertas y tentaciones nuevas.
Mickey Mouse no pagará las cuentas. Para la mayoría de los adquirientes (target le llaman los publicistas) el límite de los gustos suele
determinarse por los precios, eso no niega la existencia de aventureros de la
compra cuya irresponsabilidad es resultado de la embriaguez, con elixires de consumismo,
que se lanzan al abismo de la adquisición de baratijas no sólo innecesarias sino,
además, onerosas. Enredados en la telaraña de los placeres mercantiles muchos
trabajadores sucumben a los gustos antes que a las necesidades y luego han de
luchar vehementemente para explicar ante sí, y ante otros, cuál es la
diferencia. Tiene buenas razones Mattelart.[1]
“No debe extrañar, por lo tanto, que cualquier insinuación sobre el mundo de
Disney sea recibida como una afrenta a la moralidad y a la civilización toda.
Siquiera susurrar en contra de Walt es socavar el alegre e inocente mundo de la
niñez de cuyo palacio él es guardián y guía.”
El problema se complica cuando se entra a ese reino resbaladizo de la ideología
dominante, falsa conciencia, donde el “consumidor” ya no sabe exactamente, o
sabe con muchas dificultades, a qué gustos obedece ni a qué necesidades responde.
Incluso las necesidades primarias. Con grados de adicción muy diversos la
compradera es efecto de haber perdido la brújula y vivir apasionado por los gustos que la burguesía impone mientras
se desdibuja el papel de las necesidades para someterlas al plano de lo negociable a cambio de
placeres, rentables, claro. Buena parte del trabajo sucio que hace la ideología
de la clase dominante consiste en confundir la conciencia y, acaso, por es
Engels decía: “la necesidad sólo es ciega mientras no se la comprende. La
libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad”. [2]
Un trabajo necesario (que no puede no ser) en la Batalla de las Ideas,
consiste en reacomodar el orden de las necesidades y atenderlas como se debe
socialmente, en colectivo. Esa es la tarea del pensar crítico, del pensar
revolucionario, capaz de romper con el orden de los “valores” o “antivalores”
burgueses y reponer a las necesidades su jerarquía humana en contra del
imperialismo del mercado y del consumismo capitalista. Es trabajo socialmente
necesario luchar contra las máquinas de guerra ideológica que operan,
especialmente, en el fondo de las cabezas y de los corazones, haciendo de las
suyas para alterar la conciencia al servicio de la locura más macabra que la
humanidad ha padecido y que no es otra que el capitalismo con sus fuentes de “falsa
conciencia” contaminantes del mundo.
Un día de estos, La
Batalla de las Ideas logrará, paulatinamente, convertir en placer enorme el hecho
social e histórico de resolver las necesidades personales y sociales con
justicia. Logrará que, de cada cual, se consiga el mejor talento y el mejor
trabajo y que cada cual obtenga lo que necesita para que nunca más sea esclavo
de sus necesidades ni siervo de quien las manipule. La ética será la estética
del futuro. Habremos derrotado a Disneylandia. También.
[1] Para leer el pato Donald: https://www.google.com.ar/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&ved=0CB8QFjAA&url=http%3A%2F%2Fwww.sigloxxieditores.com.ar%2Fpdfs%2Fdorfman_mattelart_para_leer_al_pato_donald.pdf&ei=8dL0U7W2FcS5ogTyvoDgDg&usg=AFQjCNGLWREG8XeeJNiNa-hVLy_TLixsow&sig2=U-Oh8cOpiE1yGSr-9yvbhg
[2] http://www.fundacionfedericoengels.org/index.php/component/content/article/37-cuadernos-de-formacion-marxista/cuaderno-de-formacion-marxista-no-1/106-introduccion-al-el-materialismo-dialectico

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