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¿Murió
la Crítica Cinematográfica?
Ética
y semiótica en pantalla.
Fernando
Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad
de la Filosofía/FILM (Foro de la Imagen y sus Lenguajes Multidisciplinarios)
Para
que la crítica cinematográfica no se trafique como anecdotario de gustos y
caprichos, exhibidos con tono erudito y desparpajo de sabiondos y para que no
sea catarsis impúdica de petulantes… se requiere método y auto-crítica. Cuanto
más cerca de la ciencia[1]
mejor. No es exagerado decir que una de las herramientas más poderosas que el Cine
generó al lado de su despliegue semántico, estético, tecnológico e industrial
es el campo fértil del filosofar crítico basado en películas. Herramienta
poderosa no siempre usada para emancipar cabezas porque no todos los sedicentes
“críticos” están a la altura de la crítica que se necesita. Veamos.
Si
“críticos” se hacen llamar los que -para cobrar un salario- rinden pleitesía a la
lógica del mercado fílmico; si para llamarse “crítico” ha de reducirse el
trabajo a sólo hablar de los “logros en taquilla” las productoras y las
distribuidoras monopólicas[2];
si para exhibirse como conocedor hay
que recitar el santoral bibliográfico de las “academias” de moda… o si para
llamarse “crítico” se ha de pontificar con esnobismo festivalero y pedantería
de ignorantes… lo que realmente queda a la vista es la pobreza enorme -y realmente
existente- de la ceguera funcional que
reina. También la “crítica cinematográfica” fabricó sus mercados y sus
mercaditos. Una regla no escrita parece indicar que cuanto más “masivo” es el
medio más simplona es la crítica y ha proliferado la, por definición, monstruosa manía de calificar películas con
“estrellitas” en lugar de ideas. Y hay quien gana dinero por hacer eso.
Mientras
tanto en la realidad los pueblos necesitan de un movimiento numeroso y vigoroso
de críticos cinematográficos dispuestos a poner en su lugar el basurero fílmico
con que se ha sobresaturado el imaginario colectivo. Es que ese imaginario es
uno de los campos de batalla más codiciados por la burguesía. Ahí se disputa
(entre mil cosas) la forma del conocimiento
del mundo y sus procesos de nominación, incluidas las formas de la nominación
al lado de las herramientas de producción de enunciados fílmicos. Ahí se
diputan los imaginarios y las conductas que de ellos se derivan. Se disputan
los modelos del goce estético, de los placeres y de la subjetividad expuesta a
todo género de estímulos. Se disputan para someterlos y para convertirlos en
negocio. Impunemente.
Bajo
el disfraz de “entretenimiento”, legitimado y legalizado, el aparato ideológico
de la industria cinematográfica ha desplegado su batalla alienante casi ni
oposición y casi sin regulaciones gubernamentales. Eso no descarta el fardo
burocrático parasitario. Con el territorio liberado, “la diversión” fílmica se
adueñó de latifundios audiovisuales enormes (salas cinematográficas, centimetraje impreso, comentaristas de
radio y T.V.) decorados con los anzuelos del negocio del “espectáculo” y
santificados por una estética del nihilismo más a-critico dispuesta a tragarse
cualquier película “chatarra” mientras sirva para complacer ilusiones y
alucinaciones propias del individualismo burgués, su estética y su lógica
consumista. El objetivo ideológico oligarca es que agradezcas que te exploten,
que aplaudas cuando te humillan y que aceptes que ellos tienen la razón.
Visto
con perspectiva el “tsunami” audiovisual de cada semana, desatado desde la
industria cinematográfica y sus monopolios, pone en evidencia una guerra
asimétrica en la que no alcanzan las pocas buenas plumas (ni las buenas intenciones) que son capaces de poner orden,
(es decir hacer crítica seria) suficientemente rica como para neutralizar los dispositivos
alienantes administrados en cada film. (Violencia espuria, belicismo mercantil,
padrotismo de soldaditos, policías,
detectives y autoritarios adláteres, en una lógica autoritaria, racista sexista
y clasista con banderas imperiales desplegadas).
No
tenemos ni el 10% de los críticos cinematográficos que necesitamos. No tenemos
a los críticos que luchen desde las bases. No tenemos los talleres, las
escuelas ni los movimientos sociales suficientes empeñados en fundar núcleos de
acción crítica en cada barrio. No tenemos la infraestructura ni tenemos la
metodología social de base que se requiere para aspirar, en el plazo medio y
largo, a dar una batalla semiótica emancipadora contra ese cine que nos aplasta
el imaginario mientras nos roba millones dólares entre palomitas y refrescos.
Tampoco
tenemos acceso al otro cine, al que se produce como se puede con lo que se
tiene. Al cine que interpela la situación social, las condiciones inhumanas a
que nos somete el capitalismo y el arsenal de municiones ideológicas con que
nos humillan y acomplejan sistemáticamente. Sálvense todas las excepciones
honrosas. No tenemos a la mano ni los medios ni los modos para ver ese cine que
nos espeja con honestidad y que nos impulsa a mirar más allá de las apariencias
fílmicas. No sabemos quiénes son, dónde están, cómo trabaja ni cómo viven los
trabajadores del cine que no están contentos con el mundo que nos impone la
burguesía. Y no lo sabemos, entre otras muchas razones, porque no contamos con
ese movimiento internacionalista de críticos cinematográficos que podrían
salvar a los imaginarios colectivos con ayuda de las herramientas científicas
de una semiótica revolucionaria. Que tampoco está a la vista todavía.
Aquí
podríamos decir que sólo cundo el capitalismo haya sido superado podremos
transformar las superestructuras. Pero eso es relativamente incompleto sin un
programa de lucha semiótico capaz de romper las falsas dicotomías entre la
forma y el contenido, entre la ética y la estética, entre el trabajo manual y
el intelectual. El debate capital-trabajo está vivo en los campos de batalla
fílmicos -hacia adentro y hacia afuera- y no podremos hacerlo visible si nos sentamos a esperar a que
pase ante nuestra puerta el cadáver de la industria cinematográfica dominante.
Hay que darle una ayudada. Esa es, apenas, una parte de la tarea que la crítica
cinematográfica emancipadora habrá de librar… otra es animarse a producir
índices que marquen rumbos de lucha nuevos hacia un cine liberado del arsenal
ideológico predominante, gracias a un método dialéctico afinado en la refriega
metodológica diaria de mirar películas, sin concesiones, y de aportar herramientas
de análisis en los que, de una vez por todas, la crítica cinematográfica deje
de ser tarea de “iluminados” y sea acción social encarnada en el placer de
hacer la revolución cinematográfica que la historia nos exige, también. ¿Lo
veremos?
[1][1] Elí de Gortari definió la ciencia como “la explicación
objetiva y racional del universo”. Elí de Gortari, El método de las ciencias.
Nociones elementales, 12a. ed., México, Editorial Grijalbo, 1996, p. 11. (Tratados y Manuales
Grijalbo)
[2] How to make a hit
Hollywood film: http://www.economist.com/blogs/graphicdetail/2016/02/daily-chart-19?fsrc=scn/tw/te/bl/ed/howtomakeahithollywoodfilm

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