Desarma la “Tele”
Las armas con que juegan los niños las compran los
adultos.
Fernando Buen Abad Domínguez
Esto no es una meditación
puramente filantrópica ni un gesto
humanitario para quedar bien con los esnobismos de ocasión. Esto es una
iniciativa para un movimiento político urgente empeñado en hacer visible una de
las mayores amenazas contra la especie humana, en particular contra niñas y
niños, que se infiltra en nuestras vidas, incluso disfrazada de “entretenimiento”.
Y nos llega por la “tele”. El fetichismo de la mercancía bélica.
Se suma ésta iniciativa a las muchas que ya existen
no sólo para engrosar filas sino también para engrosar debates… internos y
externos. El mapa ideológico de las muy diversas luchas por el desarme,
especialmente por el desarme en y desde los medios de comunicación (usados
ellos mismos como armas de propaganda macabra), oscila entre moralinas
burguesas para nutrir organizaciones de élite y frentes sociales en los que se
entiende con perfección la monstruosidad de las industrias de la guerra (que
son la actividad económica más grande del planeta) empeñadas en dominar también
la subjetividad de niños y niñas. Videojuegos, pistolitas, metralletas,
granadas, bombas y lanzallamas. Counter
Strike, Grand Theft auto, Call of Duty.
No hay escapatoria. Eso de usar la televisión (u
otros medios concomitantes) como plataforma de seducción para que nuestros
hijos consuman el ilusionismo morboso de las armas y todas sus parafernalias
bélicas es una monstruosidad. Aunque sea muy “divertido”. Es una monstruosidad
que recorre todas las escalas delincuenciales y todas las violaciones posibles
a los derechos fundamentales de los niños y las niñas (y de sus madres y
padres). Es una monstruosidad que se ha naturalizado
en las pantallas de televisión y en los “juegos” tanto como en los
supermercados, las escuelas y los centros comerciales de todo el mundo.
Monstruosidad de la violencia más irracional que se desliza con disfraces lúdicos
y de aventuras heroicas tanto por su objetivación cruda en las imitaciones de
armas como en las destrezas criminales para que jueguen las niñas y los niños.
Y ya que las “convenciones internacionales”, las
leyes, los reglamentos y la palabrería jurídica nada pueden hacer y nada han
hecho… el camino único es la militancia contra los anti-valores macabros en
semejante mensaje bélico que con sus intereses mercantiles avasallan las
conciencias y los gustos de niños y niñas ante la complicidad (incluso
involuntaria) de familias anteras alcahuetes de la violencia en los “medios”.
El muy concreto caso (y delito) del “gusto por las
armas” impuesto a niñas y niños es una aberración tan alevosa y tan antihumana
que su solo señalamiento debería levantarnos de nuestras sillas para emprender una y mil batallas implacables y
dignificadoras de la vida y de la infancia. A toda costa. Pero no es así, para
dolor y vergüenza de todos nosotros. El capitalismo nos ha anestesiado y
enceguecido ante los daños más terribles que se comenten en nuestras narices y
contra nuestros hijos. En “horario con protección” al menor.
Aunque nos hemos demorado absurdamente en reconocer
los “Derechos Humanos” de niñas y niños, incluso con sus imperfecciones y
ambigüedades, ya tenemos una plataforma con “avales” internacionales para
impulsar una corriente social más desarrollada y útil a la crítica de la
cultura de masas que necesitamos y útil a la crítica de las armas -así sean
juguetes- que se venden adobados con irresponsabilidad mercantil e hipocresía
de mercado bélico.
No claudiquemos en las cosas más importantes. Aunque
en su vorágine la industria del consumismo haga lo inimaginable para imponernos
conductas, valores, “visiones del mundo” y todo tipo de contradicciones con la
lógica de la vida y su defensa… sobrepongamos con las fuerza de la crítica y
con la claridad de la solidaridad capaces de defender a los niños de todas las
incursiones alienantes, pagadas por los comerciantes de armas, para que nos
hagamos adictos a lo macabro desde las edades más tempranas. No dejemos que nos
derrote la tentación ni la indiferencia, no sucumbamos al plan seductor de los
juegos y los juguetes portadores de muerte mercantil y narcóticos “mediáticos”.
Niñas y niños están indefensos.
No vamos a arrodillarnos ante las biblias judiciales especializadas en
demorar todo malestar y toda voluntad revolucionaria. No dejaremos a las
puertas de las escuelas ni de las universidades los principios ni las
obligaciones políticas que tenemos ante la infancia y contra todo lo que la
acribilla en todos los sentidos. Por eso esta iniciativa debe ser acción
política en su sentido más pleno y más cargado de sentido transformador. “Desarmar la Tele” debe ser una tarea
obligada, una corriente crítica de la cultura, si queremos un Nuevo Orden
Mundial para la Información y la Comunicación con Voces Múltiples… como lo
quiso -y quiere- el Informe MacBride. Entre otras muchas herramientas.

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