10 recomendaciones ético-sintácticas
Para periodistas, comunicadores sociales y militantes de la verdad.
Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión/Universidad de la Filosofía
Ya sabemos que no hay “periodismo” asexuado, neutro o des-interesado;
ya sabemos que entre tendencias, sueldos
e ideologías se teje una red de presiones y tensiones que determinan la
interpretación “periodística” de los “hechos” y su orientación al servicio de
los hilos que la mueven. Ya sabemos que nadie redacta o publica noticias ingenuamente
y que en el ejercicio de contar acontecimientos
-objetivos y subjetivos- pesa decisivamente la posición y el compromiso de
clase del que informa y del que es informado. Es indispensable tener conciencia
de esas tensiones, reconocer los límites que nos imponen y saber moverse entre
ellas para poner a salvo la “pasión por la verdad”, es decir, por su
construcción colectiva, sus fortalezas metodológicas y sus fundamentos
científicos. Es indispensable romper con el empirismo
y el criticismo -irresponsables y mercantilistas- que sirven de plataforma
para las tropelías informativas más impúdicas e impunes. Por todo eso y más
viene bien ejercitar vacunas o antídotos éticos de combate capaces de parir y
hacer parir un periodismo nuevo o un modo de producción informativa emancipados
y emancipadores. Verbigracia:
1. No uses la palabra
“enfrentamiento” cuando grupos militares o policiales repriman a líderes o
movimientos desarmados
2. Lee mucho y privilegia
siempre las fuentes de información de quienes luchan por las bases y desconfía
siempre de las agencias internacionales comercializadoras de noticias.
3. Explica, con toda claridad,
los “hechos” sus móviles, sus protagonistas y las condiciones concretas y de
clase en que ocurren (cronológicas, históricas, de clase, geográficas...)
4. Explica siempre (de la
manera más clara y creativa) el marco teórico de tu trabajo de información y
comunicación.
5. Se generoso en la consulta y
el contraste de fuentes informantes y elabora un dispositivo crítico riguroso
frente a ellas.
6. Pondera con cuidado extremo
tu subjetividad ante los hechos y mantén bajo vigilancia tu propia
contaminación ideológica y tu ignorancia frente a lo que debes informar. La
primera sospecha sobre la información
debe recaer en el informante.
7. Advierte a tu interlocutor
(de manera rigurosa y creativa) cuales y cuántas son tus limitaciones para
informar en lo general y en lo particular.
8. Si en el proceso de acopiar
información detectas que alguien miente, denúncialo de todas las maneras
posibles o serás su cómplice.
9. Mantén equidad de
perspectivas (no neutralidad) de género, de edades... Tomando posición La lado
de los más débiles, los más frágiles, los más humillados. Ética significa,
también, hacer lo que se debe por el bien de los que menos tienen.
10. Analiza, invariablemente, si
lo que informas pertenece o no, si ayuda o no, a una situación revolucionaria y
asegúrate con toda honestidad de que tu vocabulario, tu sintaxis, tu formación
profesional… tus valores estén a la altura de las circunstancias y de los pueblos
en lucha. No te engañes ni engañes a otros.
La Ética no es ese arte del relativismo fanático -que algunos
ridiculizan con palabrería de eruditos- para esquivar la fuerza de su poder
social y su capacidad de poner en evidencia toda trapacería, marrullería y
crimen. No es un ingrediente decorativo para muchachos que, serviles al patrón,
recitan ideología de auto-ayuda como si fuese evangelio ético de supermercado.
Mercenarios pues.
Aunque parezca ocioso repetirlo no está de más siempre anclar la producción
de información sobre bases afianzadas con buenas dosis de auto-crítica
científica. Alertas con los peligros y las contaminaciones. Es fácil encontrar
trampas y manías -de todo orden- entre quienes se auto-convencieron de ser más
revolucionarios que toda revolución. No son pocos. Abundan los “docentes” que,
ya sabiéndolo todo, barnizan con saliva de doctos cuanta situación y cuanto
liderazgo les cuestiona su lugar en las filas. Algunos son discretos y hábiles
para disimular su inutilidad o su obra inofensiva y para ello usan muchas citas
de revolucionarios y teóricos clásicos. Hay piezas magistrales pergeñadas por sabios incapaces de organizar ni una
piñata. Y venden muchos libros y conferencias.
No pocos se hacen profesores y se hacen preceptores. Siembran la
abundante cosecha de su ego en las cabezas de muchas generaciones y aguardan
pacientemente la hora de los aplausos. Se creen en edad de enseñar a otros el
arte de alabarse a sí mismos y prohíjan becas, prebendas y canonjías a los
cuatro vientos de su histrionismo mesiánico. Y dan vueltas al mundo con su sólo
truco de naderías auto-referenciales. Ya hemos tenido suficiente de eso. Nadie
está por encima de quienes luchan, nadie puede auto-erigirse en interprete o
representante de lo que no construye y por lo que no se arriesga. Nadie pues
está por encima de la revolución social.
En todo caso entiéndese aquí por Ética la ciencia que describió Sánchez
Vázquez en una de sus obras más orientadoras y útiles para la Batalla de las
Ideas y para esculpir la conducta científica de aquel que asuma
responsabilidades sociales ante el trabajo de documentar acontecimientos y
divulgar las consecuencias, objetivas y subjetivas. Nada menos. Y eso hace que ningún “decálogo”,
incluido éste, sea letra muerta ni palabra última. Todo debe ponerse bajo el
examen inequívoco de su utilidad a la emancipación humana, finalmente sin
clases sociales… sin capitalismo.

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