La Historia de la Historia
Que la dignidad no se detenga en las puertas de las Universidades
Fernando Buen Abad Domínguez
Eso que, para algunos, resulta muy complicado
suele resolverse, inmediatamente, orientándose con lo que los pueblos piensan y
hacen. Sin dar muchas vueltas. Por
ejemplo, responder ¿Cuál es el rumbo de la Ciencia? y especialmente ¿Cuál debe
ser el rumbo de la Historia como Ciencia? Y no parece haber mejor respuesta que
orientarse con la brújula de las
luchas que los pueblos libran contra los yugos que los expolian. Limpiarse las
orejas y hacer lo que se dice, por ejemplo, en las nuevas universidades
argentinas: “Los pueblos hacen la Historia”
Frenar esto es atentar contra el interés, contra el derecho y contra la
acción real de los pueblos en, por ejemplo, el escenario que existe en la Carrera de Historia de la
Universidad Nacional de Avellaneda. Lo he visto de cerca, he visto a los
vecinos de DockSud, los vecinos de Isla Maciel y los vecinos de Villa
Inflamable… entre otros, entrar a la universidad como en su casa y he visto a
la Universidad entrar a los barrios como es debido. Con afecto, con respeto,
con proyectos y con compromisos firmes. Es ese un magnífico camino que resuelve
muchas cosas.
Cuando se trata de que una carrera asuma, (como la carrera de Historia)
en su filosofía como en su método, el trabajo social comunitario, todo cambia.
Entra el viento fresco de la realidad a las aulas y a los libros, para aportar
su crudeza y sus certezas formando conciencia
histórica en la enseñanza y la investigación histórica. Para que aporte sus
desafíos y su claridad. Nadie puede perderse en diletancias.
Ese es el “Alma Mater” filosófico que norma también lo académico cuando
se asume la decisión firme de abrir las universidades para que sirvan a sus
pueblos, no sólo de manera “pública y gratuita” sino, especialmente, de forma cercana
en serio y en todos los sentidos. Que la universidad intervenga a los barrios y
los barrios intervengan en la universidad. Poesía pura.
Está claro que todas las “mejores intenciones” y los métodos más correctos,
corren el peligro de ser descarrilados por quienes no quieren -o no pueden-
entender la trascendencia de un vivir universitario a tiempo con los tiempos de
la Historia. Está claro que, unos más y otros menos, necesitamos re-aprender
permanentemente nuestro lugar y nuestras obligaciones en el terreno de la
acción directa de la ciencia sobre el campo de batalla de la lucha de clases.
Está claro que a muchos les cuesta enormidades bajarse de los cliché y los pedestales escolásticos y asumir que un organismo
universitario comprometido con la generación y distribución social del conocimiento,
exige diariamente actualización, pasión, sentido del humor y mayor exigencia
científica. Bajo el capitalismo todo es descarrilable,
es verdad, pero el reto “hoy por hoy” es defender lo mejor y avanzar con lo
pendiente. Sin atenuantes.
Diga o que diga el “grupo Clarín”, lo que se necesita es aprender a no
perder las oportunidades que viene ofreciendo el escenario político y
científico donde se desenvuelven los estudios sobre Historia de la Universidad
Nacional de Avellaneda. Por ejemplo. Todo es cosa de entender la dimensión
nueva que el método propone para no dejar que pequeñeces y mezquindades (de las que ya se han saturado los
claustros académicos) derroten una etapa que, además de promisoria, es de suyo
histórica. Perder la oportunidad generaría fama imborrable pésima en la memoria
de muchos, especialmente de los pueblos, que confían y actúan hombro a hombro,
con las mejores voluntades universitarias. No nos lo perdonaríamos.
El método científico basado en orientarse con las luchas de los pueblos
es esclarecedor no sólo por su aporte de realidad concreta sino porque nos
educa a todos, permanentemente. Están en las aulas los estudiantes que levantan
la mirada y cotejan lo que se enseña con lo que se vive, cada minuto, frase por
frase, eso convierte a cada estudiante en sujeto histórico que hace historia
construyendo conocimiento y compartiendo aprendizajes. Están en las aulas. Hay
que verlos, oírlos y seguirlos. El método de orientarse con las luchas y con
las con las esperanzas de los pueblos hace una agenda que en las aulas
reformula todo el saber y reformula la dirección de la praxis sólo que ahora
con base en la dignidad de las personas y de los grupos. Página por página y clase
por clase para trasformar al mundo.
Esto es un beneficio enorme para los profesores y para las instituciones.
Todo cobra sentido porque todo se convierte en dinámica de aprendizaje, palomo
a palmo. Se derrumban los hábitos envejecidos -de los dogmas pedagógicos y
didácticos más tediosos y sectarios- para abrir las oportunidades de construir,
con la producción social del conocimiento, tejidos nuevos en las relaciones
sociales. Es un comienzo magnífico no una panacea.
Y, además, con el método
de orientarse con las luchas de los pueblos, va a la escuela una dignificación
profunda de la vida y de la inteligencia (en los estudiantes y en los
profesores) que salpica a toda la estructura aunque algunos no lo vean o no
quieran verlo. La dignidad anda por los pasillos y por los pupitres,
saludándose con sonrisas y con su abrazo pleno de futuro, en un país que, hasta
hace poco, tenía por horizonte 25% de desempleo abierto, cobrar salarios con
papeles llamados “patacones”, “lecop”, neoliberalismo desaforado… y sin
oportunidades de estudio, ni de respeto. No hemos dicho que sea perfecto. “La
historia es Nuestra y la hacen los Pueblos” decía Salvador Allende.
Una carrera de Historia, en una Universidad pública, que de verdad honre
lo público y se apasione por eso, armada con programas de estudio y método
tributarios del trabajo social comunitario y con metas pedagógicas inspiradas,
e inspiradoras, del pensamiento crítico, no puede menos que ser objeto de
compromiso y apoyo. Es ineludible. Desde lo más pequeño hasta lo
macro-estructural. Está el futuro en juego.
Ya en la cabeza de las “oposiciones” ronda el fantasma de los “recortes”
presupuestales, ronda el puñal de la privatización educativa y ronda el
oscurantismo del academicismo más retrógrado. Algunos sueñan con ahogar en
calumnias los logros de un método dignificante y abierto. Algunos sueñan con
vaciar los pupitres y sentenciar a la pena de la ignorancia perpetua a barrios
y pueblos enteros. Algunos no quieren a los pueblos en las universidades. Algunos
sueñan con cerrar los cuadernos donde se escribe, con tinta de lucha y conciencia
nueva, la Historia de la Historia. ¿Nos quedaremos de brazos cruzados?

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